Publicado por EL COLOMBIANDO – Medellín, 2 de septiembre de 2012
Abraham Lincoln, el gran presidente norteamericano que salvó la unidad de su país al ganar la guerra civil, tuvo la osadía de montar a sus más grandes rivales de la competencia electoral en su gabinete. Todos fueron sus ministros y lo llegaron a conocer tanto y trabajaron tan de cerca que acabaron admirando a quien durante las elecciones había sido el gran enemigo.
Un libro maravilloso “Team of Rivals” (Equipo de Rivales), escrito por esa gran historiadora Doris Kearns Goodwin , cuenta esa odisea política genial que fue fundamental en la victoria del norte sobre el sur en la guerra civil norteamericana. A ojo cerrado recomiendo ese libro.
El libro, de cierta manera, tiene un mensaje que bien aplica a la situación de nuestro país hoy: primero deben unirse quienes libran esas enormes batallas (el establecimiento) para poder ganarlas. Y el Presidente Juan Manuel Santos enfrenta un momento similar aunque menos dramático pues no está en juego la viabilidad del país con el proceso de paz que se avecina.
No nos digamos mentiras. La división del establecimiento sólo beneficia a las Farc y debilita la posición negociadora del Gobierno. Unas Farc que ve a su opositor unido no puede jugar a la debilidad y al desgaste como lo hizo en el Caguán y como ciertamente lo va a hacer ahora en este nuevo proceso.
Si Santos, en vez de tener como libro de cabecera Traidor de clase sobre Roosevelt, y se hubiera acercado más a Lincoln, de pronto se le habría ocurrido la siguiente jugada política que obvio requiere de esa vocación de servicio, humildad e ingenio político que caracterizaba al más grande presidente de los Estados Unidos, comparable quizás sólo con George Washington.
Van a pensar mis lectores que me volví loco o que me estoy vendiendo por un plato de lentejas. No, nada más lejano a la realidad. Pero la paz síes y debe ser un propósito nacional, que una al país, y no que lo divida.
Veamos. Si Santos en ese cambio de gabinete, que la verdad deja mucho que desear, se hubiera craneado desde el principio del gobierno la jugada de la paz entera, no esa traición a cuentagotas que polarizó al país, estaría hoy nombrando los siguientes ministros.
En primer lugar, Álvaro Uribe Vélez en Defensa. Sólo una persona y una personalidad así puede darle la credibilidad a un proceso de desarme y reincorporación como el que de pronto se puede dar.
Es más, como se va a negociar en medio del fuego nada mejor que tener al mando de las tropas un guerrero y un líder como el expresidente.
¿Se imaginan la cara de las Farc si eso se diera? Por primera vez pasaríamos de una paz o un diálogo voluntarista a uno basado en el pragmatismo del buen uso del poder.
Enrique Peñalosa en Transporte, Carlos Franco en Interior, Roberto Hoyos en Agricultura, y otros tantos podrían dejar en claro que un nuevo gabinete para la paz es una muestra de unidad y de poder, y no las medias tintas con las que salió el Presidente nuevamente.
Claro, tanta agua ha pasado ya debajo del puente que es imposible una idea de esta naturaleza. Pero lo cierto es que del voluntarismo de este acuerdo a una paz duradera, solo verdaderas muestras de poder y de unidad del establecimiento, pueden concretar ese anhelo de todos los colombianos.
La soberbia, lástima, ha sido la característica de este gobierno y de su primer mandatario. Como consecuencia, con la casa dividida, enfrentamos a esas fieras acorraladas que van a usar el terror para extraer hasta la última concesión a un Presidente que hasta ahora ha mostrado más el apaciguamiento de Chamberlain que el temple de un Churchill, tan necesario en estos momentos.